Desperté intermitentemente entre las tres o cuatro de la mañana de una mañana de enero. (Puede ser que de hecho ni siquiera haya dormido).
Recordé la sensación de no poder salir a la calle sin cerrar la tapa de la lavadora que se mantiene en esa pocisión tan viváz y profunda en la que la inmolan mis pensamientos.
Un gato coge a lo lejos (lo sé por el chirrido extasiado que corrómpe la madrugada). No lo imagino. El piso se siente tan frío que creo podria tratarse del lomo de algun pez imaginario que cruza entre visiones del trópico el océano ártico.
El gato calla. (posiblemente haya terminado).
Me hipnotiza el correr del agua aunque no recuerdo abrir llave alguna. Miro mis manos retraerse al primer contacto del agua fría como material quirúrgico, lista para hacerme una incisión en el pecho y sacar de ahí un montón de bichos raros de colores que se mezclarán unos con otros tan pronto miren la luz, formando una masa incomprensible pero uniforme.
No pasa nada.
Al cerrar la llave el agua sonríe y se dilata llenando todos y cada uno de los espacios huecos del baño, convirtiendolo todo en un punto y aparte del universo entero. Una estación de tren olvidada donde aguardo el expreso que nunca llegará, pero que espero con solemne calma.
Vuelvo a la cama.

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